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domingo, 31 de marzo de 2013
sábado, 7 de abril de 2012
Catequesis sobre la gran Vigilia pascual (IV)
Catequesis sobre la gran Vigilia pascual (IV)
Javier Sànchez, tomado del blog religionenlibertad.com
La Vigilia pascual posee un matiz escatológico muy acusado, es decir, miraba -¿seguirá mirando?- a la Vida eterna, al retorno del Señor como Juez de vivos y muertos, su Parusía y la resurrección de la carne. Así fue desde el principio.
Pensemos, por ejemplo, en su carácter nocturno y las lámparas encendidas, que recuerdan la espera de las vírgenes aguardando a que su Señor vuelva de la boda (cf. Mt 25,1-13). “Los primeros cristianos, igual que los judíos, esperaban la venida o vuelta del Mesías en la noche, en la noche pascual (1Pe 2,9; Mt 24, 32-50; Rm 13,11; 1Tes 5,2; Ap 3,3; 16,15; Lc 17,20). Cada Pascua esperaban la venida de Jesús. Al no acaecer ésta, se unían a Él por la Eucaristía... una prenda de la parusía”, dice Luis Maldonado (La plegaria eucarística, Madrid 1967, p. 266). Era una tradición muy arraigada en el corazón de los cristianos. Era la noche en la que esperaban la Parusía del Señor.
Pero, llegada la medianoche, como el Señor no había vuelto en Gloria, pasaban a celebrar la Eucaristía pascual que era el modo en que volvía Cristo, no en Gloria, sino sacramentalmente. El rito eucarístico comenzaba en la medianoche. San Jerónimo, comentando la parábola de las diez vírgenes y la llegada del esposo a medianoche, escribe: “Es una tradición judía que el Cristo debe venir a medianoche, según el modelo de la salida de Egipto, cuando la Pascua es celebrada. De ahí que yo opine que debe conservarse la tradición apostólica de no despedir al pueblo expectante de la venida de Cristo antes de la medianoche de la vigilia pascual” (PL 26, 184).
La Santísima Eucaristía, esta noche de Pascua, recobra su matiz escatológico: seguimos aguardando la Venida gloriosa del Señor Resucitado, donde todo lo hará definitivamente nuevo, el nuevo cielo y la nueva tierra, la vida nueva de los bautizados y la resurrección de los muertos junto con Cristo.
En la noche de la Pascua, la liturgia eucarística hace realmente presente al Resucitado. Cristo está aquí y ahora dándose a sus hermanos, nutriendo a su Esposa, dándose en comunión por primera vez a los neófitos. El Resucitado se hace presente como se apareció (o se hizo visible, que dicen los exégetas) a las mujeres miróforas que iban con ungüentos a embalsamar el cadáver. Cristo está en medio de su Iglesia. Ha roto el círculo del tiempo para convertirlo en tiempo salvífico orientado a su Parusía; ha vencido la muerte y aparece Glorioso; ha encadenado al “más fuerte”, el Maligno, y ha triunfado sobre él; ha llegado a las puertas del infierno y les anuncia la Vida a los justos que aguardaban en tinieblas y en sombras de muerte.
¡Eucaristía de la noche pascual!, anticipo de las Bodas eternas en el cielo de Cristo con la Iglesia.
La Vigilia pascual llega a sí su cenit. La luz inauguraba la celebración aclamando a Cristo-Luz, a su Luz escuchábamos toda la historia de la salvación con lecturas, salmos y oraciones que apuntaban al Evangelio de la Resurrección; y esta Vida resucitada se ha comunicado en la liturgia bautismal por el agua y el Espíritu Santo para los catecúmenos y luego para los fieles que han renovado las promesas bautismales. Ahora todos, neófitos y fieles, acceden al altar del Señor para la Eucaristía. ¡No hay Misa más solemne, más bella, más importante que ésta, en la noche de las noches, en la santa Vigilia madre de todas las vigilias!
La carta de la Congregación para el Culto divino sobre la Preparación y celebración de las fiestas pascuales señala:
“90. La celebración de la eucaristía es la cuarta parte de la Vigilia, y su punto culminante, porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la pascua eterna.
91. Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que los acompañan alcancen toda su fuerza expresiva: la oración universal, en la que los neófitos participan por primera vez como fieles, ejercitando su sacerdocio real; la procesión de las ofrendas, en las que convienen que participen los neófitos, si los hay; la plegaria eucarística primera, segunda, tercera, a ser posible cantada, con sus embolismos propios; la comunión eucarística que es el momento de la plena participación en el misterio que se celebra. Durante la comunión es oportuno cantar el salmo 117, con la antífona "Aleluya, aleluya, aleluya", u otro canto que represente la alegría de la Pascua.
92. Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del vino. Los Ordinarios del lugar juzguen sobre la oportunidad de una tal concesión y de sus modalidades”.
La celebración:
-Debe gozar de la mayor solemnidad. En esta noche se emplearán los mejores manteles, cálices, patenas y copones (no como a veces se ve, que lo mejor se emplea sólo en Navidad y en el Jueves Santo); tendrá su ritmo propio, sin prisas, sin pretender acelerar el ritmo celebrativo para terminar pronto.
-La materia para el sacrificio (el pan y el vino, ninguna “ofrenda simbólica” lógicamente, sino todo el pan eucarístico necesario en varias patenas o copones más el vino y el agua) pueden aportarla por vez primera los neófitos. Tal vez la música de órgano podría solemnizar este momento hasta la incensación de las ofrendas, altar y cruz, sacerdote y fieles.
-La liturgia eucarística comienza con la preparación de los dones y se orienta a la plegaria eucarística, plegaria de acción de gracias y consagración. Sus elementos, a ser posible, deberían ser cantados: El diálogo inicial y el prefacio, el Santo, la aclamación tras la consagración, la doxología con su “Amén” y, si fuera posible, también la consagración.
-Cobra gran fuerza expresiva en esta noche el saludo de paz a la asamblea (“La paz del Señor esté siempre con vosotros”) cuando es cantado, recordando el saludo del Señor resucitado a sus apóstoles, así como la monición diaconal, también cantada: "En el espíritu de Cristo resucitado, daos fraternalmente la paz".
-El canto del Cordero de Dios acompaña a la fracción del pan. En esta noche santísima, partir el Pan consagrado a tenor de las rúbricas, de manera significativa, expresa cómo todos comemos del mismo Pan y bebemos del mismo Cáliz porque somos uno, el Cuerpo del Señor, sus miembros. Pensemos cómo conocieron los de Emaús al Resucitado: precisamente, al partir el Pan.
-En la medida de lo posible, lo apropiado es distribuir la Sagrada Comunión con las dos especies a los neófitos por supuesto, pero igualmente a todos los fieles. El Resucitado se da como alimento, medicina de inmortalidad, prenda de resurrección.
Creo que es muy ilustrativo leer el sermón que en una noche de Pascua, en una vigilia pascual, pronunció san Agustín:
“Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche, pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creéis, no comprenderéis (Is 7,9 LXX). Ahora podéis decirme: «Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendamos». En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: «Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado en un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, y allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?».
A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el amén, y vuestra respuesta es vuestra rúbrica. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén». Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén” (Sermon 272).
La eucología que marca la espiritualidad:
Los textos litúrgicos tienen peculiaridades para esta noche, elevando la alegría de los fieles para cantar la gloria del Señor Resucitado. Es en esta noche cuando los fieles pueden gritar jubilosos que el Señor es grande y está en medio de la Iglesia, ¡ahora más que nunca! La fuente de la alegría cristiana, insondable y espiritual, es la resurrección de Cristo, tal como explicaba bellísimamente Pablo VI en la exhortación apostólica "Gaudete in Domino". Así nos encontramos que el prefacio durante la Pascua varía su protocolo inicial y, en concreto en la Vigilia, cantará:
“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado”.
El cuerpo central del prefacio, siempre, expone los motivos de acción de gracias a Dios; en este caso la victoria del Señor y los beneficios de su sacrificio pascual.
“Porque él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo;
muriendo, destruyó nuestra muerte
y, resucitando, restauró la vida”.
Y la cláusula final del prefacio varía de modo significativo en la Pascua para provocar el canto jubiloso y festivo en el Santo, diciendo:
“Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan sin cesar el himno de tu gloria”.
¡Es la noche gloriosa!, la resurrección de Cristo según la carne que comunica vida a nuestra propia carne destinada a la muerte por el pecado; la Iglesia está noche está reunida “para celebrar la noche santa de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo según la carne” (Canon romano). El fruto de vida de haber celebrado esta Vigilia pascual se expresa en la Bendición solemne, vivir ahora sin pecado y gozar de la Pascua eterna en el cielo (¡otra vez la escatología de la Vigilia pascual!):
“Que os bendiga Dios todopoderoso en esta noche solemne de Pascua,
y que su misericordia os guarde de todo pecado”.
“Y el que os ha redimido por la resurrección de Jesucristo
os enriquezca con el premio de la vida eterna”.
“Y a vosotros, que al terminar los días de la pasión del Señor
celebráis con gozo la fiesta de Pascua,
os conceda también alegraros con el gozo de la Pascua eterna”.
CATEQUESIS SOBRE LA GRAN VIGILIA PASCUAL (III)
Catequesis sobre la gran Vigilia pascual (III)
Javier Sànchez, tomado del blog religionenlibertad.com
"¡Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación!", cantábamos en la liturgia de la Palabra. Ahora, ya, el Misterio pascual va a actuar eficazmente con las aguas del Bautismo, fuente de la salvación. Es la tercera parte de la santísima Vigilia pascual: la liturgia bautismal.
Pero hagamos memoria para situar este momento. La Cuaresma vive ante un gran deseo: llegar a los sacramentos pascuales y ser regenerados por el agua y el espíritu; por eso en Cuaresma no es ni mucho menos apropiado bautizar, sino esperar a la Pascua. Antes la fuente bautismal se ha cerrado y sellado (como en el rito hispano-mozárabe) y en la Vigilia pascual la abre el Obispo. Los catecúmenos ansían recibir el don de la Vida; los ya bautizados renovar las promesas bautismales tras las mortificaciones y penitenciales cuaresmales y ser renovados y confirmados en la Gracia.
Aquel que, Resucitado, todo lo hace nuevo, va a renovar la creación por las aguas del Bautismo: hombres nuevos serán engendrados en la fuente bautismal, novedad de vida para aquellos que por el Bautismo mueren y resucitan con Cristo.
¡Ha llegado el momento! Del costado de Cristo traspasado brotan el agua y la sangre, el Bautismo y la Eucaristía, ríos de agua viva que fecundan y alegran la Ciudad de Dios, que es la Iglesia. La fuente bautismal está iluminada, incluso adornada con flores. La Iglesia, unida a su Esposo Jesucristo, se va a mostrar una Madre fecunda y santa.
Tras la homilía comienza la liturgia bautismal en la Vigilia pascual:
bautizos de niños o adultos, como es lo propio de esta Noche: Procesión a la fuente bautismal con el cirio pascual, solemnísima plegaria de bendición del agua bautismal, renuncias y profesión de fe de los bautizandos; todos los fieles, con las velas encendidas del cirio pascual en sus manos, renuncian al pecado, renuevan las promesas bautismales, reciben la aspersión con el agua bendecida y finalmente se reza la oración de los fieles. (Cfr. Carta de la Cong. para el Culto divino)
¿Qué destacar para la celebración?
-Importancia central del bautismo, tanto si hay bautizos como si sólo hay que renovar las promesas bautismales todos los presentes. Es un rito expresivo, espiritual, pascual. La aspersión ha de ser generosa y abundante, rociando con agua, tal como el Señor en Ezequiel prometió: "derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará..."
-La fuente bautismal o si hubiere que colocar un recipiente al pie del presbiterio, sea adornado con flores, digno, hermoso.
-La renuncia al pecado y a Satanás y la profesión de fe representan el fruto maduro de los ayunos, mortificaciones y penitencias. Ha de hacerse bien y solemne, con claridad y sin rutina, destacando el singular: "Sí, renuncio", "Sí, creo".
-El canto también tiene su lugar en los ritos bautismales:
la letanía de los santos si hay bautismos;
si es posible, el canto de la bendición del agua bautismal,
-La oración de los fieles quiere decir la oración de los "fieles cristianos", de los "fieles bautizados" porque es propia de los hijos de Dios que interceden por la salvación del mundo porque pueden orar como hijos a Dios que es Padre. En esta noche santísima participan de ella, por vez primera, los neófitos. Es sumamente conveniente que esta oración, es decir, la respuesta de los fieles -que eso es la oración, no el proponer la intención- se cante: "Kyrie éléison", "Señor, ten piedad", "Te rogamos óyenos" o "Señor escucha y ten piedad". En la nocha santa de la Pascua pedimos la vida de Cristo para la Iglesia, para el mundo, para los que sufren, para la asamblea local. ¡Y lo hacemos cantando, con fuerza y solemnidad pascuales! Es muy distinta la simple recitación de la respuesta de los fieles a su canto por parte de todos: cuando se canta, recibe fuerza, expresividad, se convierte en una letanía suplicante, en una oración donde el Espíritu gime en nuestro interior con gemidos inefables.
¿Y espiritualmente?
¡¡Somos hijos de Dios!!, por pura gracia, por gratuidad de Dios, hemos recibido la filiación divina, hay un germen en nosotros de vida eterna y de llamada a la santidad. La Vigilia pascual nos despierta del aletargamiento espiritual y de vivir a veces todo como normal, aburrido, sin darnos cuenta del gran Don de Dios, acostumbrados, sin darle valor, al don preciosísimo de que Dios es Padre porque nos ha regenerado en el seno de la Iglesia Madre. Hay un acto de conciencia real, una apropiación de las palabras, reflexivo, forjado a fuego, cuando renunciamos al pecado, a Satanás, a sus seducciones y profesamos que creemos en Dios, solamente en Él nos apoyamos, únicamente en Él confiamos y sobre Él edificamos nuestra existencia correspondiendo a nuestra vocación de hijos.
¡Cuánto amor de Dios! ¡Cuánto amor ante tanta ingratitud nuestra! En esta noche nos enorgullecemos sanamente de ser hijos adoptivos de Dios, hijos en el Hijo, felices de que otros se han incorporado a esta filiación al ser bautizados, esperando que otros muchos respondan a la llamada evangélica a la conversión y entren en la familia de Dios, en el pueblo santo y sacerdotal, en la edificación de Dios.
Tan importante es este momento que incluso está enriquecido con indulgencia plenaria: "Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que renueve las promesas del bautismo, valiéndose de cualquier fórmula usual: si lo hace en la celebración de la Vigilia pascual o en el día del aniversario de su bautismo, gana indulgencia plenaria" (Enchiridion, n. 44; siempre con las condiciones acostumbradas).
Los textos eucológicos muestran la grandeza del Bautismo en el contexto pascual de esta noche santa.
La bendición del agua bautismal ofrece una síntesis tipológica de la historia de la salvación, donde Dios usó del agua como elemento de salvación y que esta noche se va a concretar, una vez más, en el Bautismo:
"Oh Dios, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu creatura, el agua, para significar la gracia del bautismo.
Oh Dios, cuyo espíritu, en los orígenes del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces concibieran el poder de santificar.
Oh Dios, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad.
Oh Dios que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados.
Oh Dios, cuyo Hijo al ser bautizado por Juan en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo;
colgado en la cruz vertió de su costado agua junto con la sangre;
y después de su resurrección mandó a sus apóstoles:
«Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre [recordemos que la fuente bautismal estaba cerrada y sellada] para ella la fuente del bautismo..."
O igualmente expresiva la introducción a la Bendición del agua común (cuando no hay bautismos ni fuente bautismal):
"Invoquemos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido".
La exhortación sacerdotal para la renovación de las promesas bautismales enlaza la Cuaresma con este momento litúrgico (¡y tan existencial!) de la Pascua; al fin y al cabo, la Cuaresma se orienta para esta Vigilia pascual (no en tono dolorista, triste y gris para luego ausentarse el pueblo cristiano: la Cuaresma está en función de la Pascua). Por ello, exhorta el sacerdote:
"Hermanos: Por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el bautismo, para que vivamos una vida nueva. Por tanto, terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del santo bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, y prometimos servir fielmente a Dios en la Santa Iglesia católica".
Las mismas renuncias, en el formulario segundo y tercero, son toda una catequesis sobre qué es el pecado, qué es pecado, quién es Satanás. Daría para una amplísima catequesis y para un buen retiro cuaresmal, previo a la Vigilia pascual.
Son textos y ritos para meditar en la oración personal de este tiempo y celebrar la santa Vigilia pascual mucho más consciente, mucho más preparados.
CATEQUESIS SOBRE LA GRAN VIGILIA PASCUAL (II)
Catequesis sobre la gran Vigilia pascual (II)
Javier Sánchez, tomado del blog religiónenlibertad.com
La estructura de la Vigilia pascual más primitiva se centraba en una larga sucesión de lecturas bíblicas, con sus salmos (cantados, claro) y oraciones hasta que llegada la medianoche se rompía el ayuno pascual con la Eucaristía.
Una vigilia es una amplio espacio de tiempo nocturno para orar y escuchar las lecturas bíblicas que se proclaman y por las cuales "Dios sigue hablando a su pueblo" (SC 33).
La Vigilia pascual se configura, en su primera parte celebrativa, con una amplia liturgia de la Palabra, con lecturas a cuál más hermosa para llegar al canto del Evangelio de la Resurrección del Señor, que esa noche santísima, sin lugar a dudas, el diácono debería cantarlo.
Esta amplia liturgia de la Palabra (9 lecturas hoy, en la tradición romana antigua incluso 12) era la última instrucción a los electi (los que iban a ser bautizados) y, a la par, la proclamación en síntesis de la historia de la salvación para todos los fieles que van a ver que el Resucitado sigue presente y actuante porque comunica su vida por medio de los sacramentos pascuales. Toda la historia de la salvación, en sus momentos más importantes o significativos, va a avanzar un paso más comunicando la vida divina mediante los sacramentos por medio del Misterio pascual del Señor. Se podría decir que toda la historia de la salvación, desde su inicio en la creación, apuntaba ya a la noche de la Pascua de Jesucristo.
Las lecturas son todas un anuncio y profecía de lo que en Cristo se va a realizar, su Resurrección, y de lo que va a producir en nosotros: la comunicación sacramental de su vida y santidad. La Vigilia se caracteriza por esta escucha obediente y amorosa de la historia de la salvación, y sería una pena reducir tanto el número de lecturas de la Vigilia que apenas se distinguiese de cualquier Misa vespertina.
7 lecturas son del Antiguo Testamento leído a la luz de Cristo (de hecho, el cirio pascual brilla encendido al lado del ambón: es Él la luz de las Escrituras, su clave de interpretación), cada lectura con el canto de su correspondiente salmo responsorial y una oración del sacerdote tras el silencio meditativo del "Oremos". Estas oraciones pertenecen a los Sacramentarios romanos, por tanto a la tradición romano-carolingia, con teología honda, concisa, de la redención.
El canto del Gloria marca el paso al Nuevo Testamento (tocando las campanas, encendiendo los cirios del altar) y la oración colecta de la Vigilia.
Se proclama la lectura apostólica y se entona solemnemente el Aleluya, cantando varias estrofas del salmo pascual 117, intercalando todos el Aleluya que, ¡por fin!, resuena gozoso en la Iglesia como canto que ahora mismo resuena en las moradas celestiales. En esta noche, de modo excepcional, es el mismo celebrante quien entona el "Aleluya" (o en su defecto, un cantor). Es tanta la alegría pascual y el culmen de la liturgia de la Palabra en el Evangelio, que el "Aleluya" se repite varias veces, y si normalmente sólo desarrolla un verso y se vuelve a repetir el "Aleluya", en esta ocasión no es un sólo versículo, sino varios versículos del salmo 117 (La piedra que desecharon los arquitectos... Éste es el día en que actuó el Señor), intercalando todos, con júbilo en el alma, el bendito y feliz "Aleluya".
El Evangelio de la Resurrección marca el cenit de la Liturgia de la Palabra, el Señor resucita, el canto del diácono lo va marcando. ¡Triunfó Cristo! ¡No hemos de buscarle entre los muertos! ¡No está aquí, ha resucitado! La homilía desplegará las maravillas de esta noche santa y el misterio pascual de Jesucristo.
Es una celebración riquísima en simbolismo, de teología sacramental en acto, de participación en los misterios salvadores, y por tanto, debe tener su justo ritmo al celebrar (ni cansino a base de moniciones, ni fugaz suprimiendo todo lo que se permite), ambiente de escucha interior.
De cara a la celebración habremos de cuidar algunos detalles:
-Evitemos reducir demasiado las lecturas, es tiempo nocturno de escuchar a Dios en su Palabra y es precisamente el amplio desarrollo de la liturgia de la Palabra lo que caracteriza una Vigilia.
-Suma importancia de cantar cada salmo, el Gloria y el Aleluya. Si no se hace, se pierde fuerza meditativa y todo se convierte en un recitado insulso y monótono.
-La pausa de silencio tras el "Oremos" de cada oración marca un momento orante. Los ritos no deben precipitarse uno tras otro, el silencio es sagrado en la liturgia y debe observarse para orar personalmente también. La Palabra que se proclama exige ser interiorizada de manera creyente, mariana. El silencio produce un eco de la Palabra de Dios escuchada en el propio corazón.
-Los lectores deben ser buenos comunicadores, con dicción clara y entonación diversa según el género de la lectura, sin abandonarse a la improvisación. Deben ser elegidos para este importantísimo ministerio en función sólo de la claridad al leer, ensayando y releyendo antes en voz alta las lecturas.
-Favorece la solemnidad propia del rito romano, si es posible, que el sacerdote cante todas las oraciones y el diácono cante el Evangelio.
¿Y espiritualmente?
La disposición interior ha de ser la escucha meditativa y gozosa de las Gestas de Dios que se van a realizar luego en los Sacramentos; orar, escuchar y cantar será la forma de participar, dejando que el Espíritu Santo sople, actúe, encienda de nuevo a la Iglesia en el fuego de la Vida Resucitada.
Las lecturas reciben una interpretación tipológica, es decir, de anuncio, figura y profecía en Cristo de lo que va a ocurrir, mediante sus respectivas oraciones, o también anuncio y figura de lo que Cristo va a realizar en esa noche santísima por medio de los sacramentos.
CATEQUESIS SOBRE LA GRAN VIGILIA PASCUAL (I)
Catequesis sobre la gran Vigilia pascual (I)
Javier Sánches, tomado del blog religiónenlibertad.com
Comenzamos ya a ver la Vigilia pascual, con una serie de catequesis que desglosen su liturgia y su sentido, el modo de realizarla y cómo participar plena, consciente, activa, interiormente, fructuosamente también.
Es la celebración amadísima por la Iglesia, la "madre de todas las santas vigilias", el día en que actuó el Señor, el día nuevo, día octavo, día del Señor. Aquí la asistencia del pueblo cristiano entero revela el amor por Cristo y el trabajo realizado durante la Cuaresma. ¡Es el día de los días! Ha llegado: ésta es la noche testigo de Cristo que resucita, y nosotros velamos aguardando la Gloria de Cristo. ¿Se puede faltar? ¿O porque no sea de precepto ya nos dispensamos por comodidad, pereza, falta de costumbre? ¡Hemos esperado tanto hasta llegar a esta Noche!
El horario nocturno, propio de la Tradición, no puede impedirnos participar (en Navidad, con más frío, las familias acuden a la Misa de medianoche); cuánto le debemos a Pío XII que en 1955 restauró el horario nocturno y revisó la celebración pascual aun cuando no acaba de penetrar en la vida parroquial y pastoral, en la espiritualidad y fervor de los fieles. Pensemos que esta celebración nocturna, una vigilia para pasar la noche en vela, se fue adelantando progresivamente hasta terminar celebrándose -¡qué contradicción!- en la mañana del Sábado Santo. Amanecía y se estaba encendiendo el cirio pascual; la luz empezaba a entrar por las ventanas de la iglesia, y se cantaba "Ésta es la noche" en el Pregón pascual. Algunos reivindican hoy volver a ese horario extraño aduciendo un falso concepto de "tradición", así en minúsculas. Desde Pío XII, la Vigilia pascual volvió a su horario nocturno, tal como los textos litúrgicos rezan: "in nocte sanctissima"
¡Es la gran noche, es la Pascua de Jesucristo!
Es una celebración del todo especial y en nada se parece a una Misa vespertina del domingo, ni se puede anunciar como Misa del sábado por la tarde, ni se puede realizar buscando la brevedad como si fuera una Misa vespertina.
Es vigilia, tiempo que se le roba al sueño nocturno para estar como las vírgenes prudentes con las lámparas encendidas esperando que vuelva el Esposo (cf. Mt 25). La comunidad cristiana se reúne: padres con sus hijos, los abuelos, los catequistas de niños, jóvenes y adultos, los miembros de Cáritas, de la Pastoral de Enfermos, Asociaciones, Grupos, Movimientos, Cofradías, Adoración Nocturna, los religiosos y religiosas de vida activa... presididos por el sacerdote con los diferentes ministerios (acólitos, lectores, cantores, salmista): ¡una sola gran Vigilia Pascual, una sola y santa Iglesia Católica! Nada elitista, ni particular, ni para una élite: es todo el pueblo cristiano, grande, numeroso, variado.
La primera parte de la Vigilia pascual es el Lucernario: el fuego nuevo del que se enciende el cirio pascual y después las velas de los fieles para entrar en procesión al templo, aclamando a Cristo Luz. Elemento antiguo éste que ritualizó y dio contenido espiritual-cristológico al gesto funcional de la Iglesia de encender las luces para el oficio vespertino y para las Vigilias. La normativa actual:
"82. La primera parte consiste en una serie de acciones y gestos simbólicos que conviene realizar con tal dignidad y expresividad que su significado propio sugerido por las moniciones y las oraciones, pueda ser realmente percibido por los fieles. En el lugar adecuado y fuera de la iglesia, en cuanto sea posible, se preparará la hoguera destinada a la bendición del fuego nuevo, cuyo resplandor debe ser tal que disipe las tinieblas e ilumine la noche.
Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada año, único, relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo. La bendición del cirio se hará con los signos y las palabras propuestas por el Misal o con otras, aprobadas por la Conferencia de Obispos.
83. La procesión en la que el pueblo entra a la iglesia se ilumina únicamente por la llama del cirio pascual. Del mismo modo que los hijos de Israel durante la noche eran guiados por una columna de fuego, así los cristianos siguen a Cristo resucitado. Nada impide que a las respuestas "Demos gracias a Dios" se añada a alguna aclamación dirigida a Cristo.
La llama del cirio pascual pasará poco a poco a las velas que los fieles tienen en sus manos, permaneciendo aún apagadas las lámparas eléctricas.
84. El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor. Las Conferencias de los Obispos pueden adaptar convenientemente este pregón introduciendo en él algunas aclamaciones de la asamblea" (Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales).
Destaquemos algunos puntos:
* El cirio ha de ser nuevo cada año, hermoso, ¡porque es en honor del Señor! Es cicatería vergonzosa utilizar un año y otro el mismo cirio. La Pascua es novedad del Señor que lo hace todo nuevo.
* Siendo una parte festiva, llamativa, la del lucernario, debe tener su medida y proporción, porque no es lo más importante esta noche: es un prólogo, una introducción amplia, pero el peso específico va a venir después.
* Hay una gradualidad en la procesión con el cirio; tres veces se le aclama: "Luz de Cristo", "Demos gracias a Dios"; a la segunda aclamación, en la puerta del templo, se encienden las velas de los fieles; tras la tercer aclamación, al pie del presbiterio "se encienden todas las luces de la iglesia" según las rúbricas, sin celebrar la Liturgia de la Palabra a oscuras (como algunos hacen) o encender sólo unas pocas luces y luego en el Gloria otras pocas y finalmente todo en el Aleluya (un poco teatral). Se encienden todas porque es éste el momento del Lucernario y la aclamación a Cristo-Luz.
* Vamos todos en procesión precedidos por el cirio, sin dividir la asamblea litúrgica (unos en el templo, sentados a oscuras y otros fieles en procesión). El cirio debe ser el que rompa la oscuridad del templo y los fieles todos detrás del Señor.
En el plano espiritual, la vivencia interior, el Lucernario es rico y expresivo para todo el pueblo cristiano:
Aquél que dijo "Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas" lo actualiza ahora litúrgicamente. Vivir cristianamente es ser iluminado por Cristo, seguir la Luz y no vivir en tinieblas.
Aquél a quien vemos despreciado en la Cruz y que descendió a los infiernos, a las sombras de la muerte, es ahora el Señor del tiempo y de la historia, como se destaca al signar el Cirio pascual: "Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén". ¡Hay esperanza! La historia tiene una clave de sentido, Jesucristo.
Aquél que fue apagado en la Cruz es encendido por el Espíritu en la Resurrección y su vida se nos comunica a nosotros a medida que encendemos nuestra vida en la de Él (significado en la transmisión de la luz del Cirio pascual a las velas de los fieles).
Cristo es la verdadera columna de fuego que guía a su pueblo, así como estaba prefigurado cuando una columna de fuego iluminaba a los hijos de Israel.
En la procesión, aclamando a Cristo-Luz, supliquemos ser iluminados nosotros; desaparezcan las tinieblas interiores que a veces nos ofuscan.
El pregón pascual, el gran canto inaugural de la Vigilia pascual, nos pondrá en situación: En esta noche, Cristo vence todo; el Padre reconcilia al hombre consigo por el sacrificio pascual del Hijo y "de nada nos hubiera valido haber nacido si no hubiésemos sido redimidos", por eso, "Oh feliz culpa que mereció tal Redentor!" ¡Cuánta gratitud y expectación debe brotar en el corazón ante esta noche que actualiza y nos comunica los prodigios y gestas salvadores del Resucitado!
Veamos los textos eucológicos.
La monición inicial que señala el Misal romano invita así a los fieles:
"En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Si recordamos así la Pascua del Señor, oyendo su palabra y celebrando sus misterios [sentido de la Vigilia: velar, orar, escuchar y celebrar], podremos esperar tener parte en su triunfo sobre la muerte y vivir con él siempre en Dios [dimensión escatológica de la Vigilia]".
La oración de bendición del fuego suplica que "la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz". Otra vez la escatología, porque la Vigilia pascual orienta el corazón al deseo de la vida eterna y de la resurrección de nuestra carne al final de los tiempos. ¡La Vigilia pascual es anticipo del cielo!
Por eso, qué fuerza tienen las palabras al encender el cirio, tan evocadoras, tan impactantes para todos: "La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu".
Ésta es la primera parte de la Vigilia pascual. Posee fuerza evocativa, y quien no la ha vivido nunca (pero la va a vivir este año, seguro) quedará impresionado por la belleza litúrgica y espiritual de la Vigilia pascual. A ello nos dispone la Cuaresma.
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